El ciclismo y la política, vistos desde lejos, parecen oficios que no tienen nada que ver entre sí.
Uno se corre sobre carreteras largas, con el sol cayendo duro sobre el asfalto y un pelotón de hombres pedaleando contra el viento. El otro se mueve entre barrios, reuniones, plazas públicas y conversaciones que muchas veces se alargan hasta bien entrada la noche.
Pero quienes conocen de cerca cualquiera de esos dos mundos saben que comparten una misma verdad: las carreras importantes casi nunca se ganan solos.
En el ciclismo existe una figura que rara vez aparece en la fotografía de la victoria. Es el gregario: el corredor que rompe el viento para su líder, que baja por agua cuando hace falta, que sostiene el ritmo del pelotón y que, llegado el momento decisivo, entrega lo último que tiene en las piernas para que otro levante los brazos en la meta.
Cuando el campeón celebra, la multitud mira hacia el podio, los que saben de ciclismo miran al equipo.
Pensaba en eso al observar la política local y recordar a dos amigos que llevan tiempo recorriendo esa carretera silenciosa: Virginia Franco y Enrique Morelli.
No corren para el mismo equipo ni responden al mismo jefe político. Tampoco comparten la misma estrategia de carrera. Pero ambos conocen bien ese oficio que rara vez aparece en la fotografía de la victoria.
Enrique se mueve en el tramo donde la política se construye con palabra, debate y articulación de voluntades. Abre espacios, convoca conversaciones y conecta liderazgos. Es de esos corredores que ayudan a ordenar el pelotón para que la carrera no se rompa antes de tiempo.
Y a veces ese trabajo implica asumir recorridos que pocos ven. Hace algún tiempo le tocó viajar hasta Nuquí, en el Chocó, lejos de su base natural de trabajo político. En términos de carrera ciclística, fue como mandar a un gregario a una subida inesperada, de esas donde el viento pega de frente y el terreno no es familiar.
Pero ese es precisamente el oficio del gregario: cuando el equipo necesita que alguien vaya primero a medir el terreno, alguien tiene que pedalear.
Virginia, por su parte, pedalea más cerca del territorio. Allí donde la política se vuelve concreta: escuchar a la gente, gestionar soluciones y sostener el vínculo cotidiano entre la comunidad y las instituciones.
Son trayectorias distintas, pero cumplen la misma función dentro de la carrera.
La política como el ciclismo también tiene sus gregarios. Son los que recorren barrios cuando todavía falta mucho para las elecciones, los que organizan reuniones, convocan líderes, multiplican ideas y mantienen viva la conversación pública cuando el entusiasmo empieza a flaquear.
Son los que empujan la bicicleta cuando la subida se pone dura.
En cada campaña aparecen decenas a veces cientos de estos corredores silenciosos. Cada uno con su camiseta, cada uno defendiendo sus ideas desde el equipo que decidió acompañar.
Y aunque el público suele recordar a quien levanta los brazos en la meta, quienes conocen la carrera saben que detrás de cada victoria hubo un grupo entero que sostuvo el ritmo, cortó el viento y ayudó a que ese momento fuera posible.
La democracia también se construye así. Virginia Franco y Enrique Morelli forman parte de ese pelotón de gregarios que rara vez aparece en la fotografía de la victoria, pero sin el cual ninguna carrera llega a buen puerto.
Porque en política, como en el ciclismo, el público suele recordar al que levanta los brazos en la meta… pero los que conocen la carrera saben perfectamente quiénes fueron los que la hicieron posible.
Lee más Columnas haciendo clic►. REDPRENSA









