No es hablao costeño: es hablao quillero

No es hablao costeño: es hablao quillero
Domingo, Octubre 4, 2026 - 13:45

No es hablao costeño: es hablao quillero

Las palabras llegaron de todos lados, pero en la olla barranquillera perdieron el pasaporte: entre acentos, migraciones y nuevas influencias, la ciudad las transformó hasta convertirlas en una forma propia de hablar: el hablao quillero.

Hace unos días estaba en una conferencia de Jürgen Klaric, investigador en neuromarketing y neuroinnovación. Éramos como dos mil personas y, entre tantas manos levantadas, yo necesitaba que aquel hombre me parara bola. Así que hice lo que uno hace cuando está en Barranquilla y siente que lo están ignorando:

—¡Ey, párame bola!

Y me paró bola.

No fue la frase en sí lo que me llamó la atención aquella noche. Tampoco estaba yo pensando en acentos, palabras ni en ninguna de esas vainas que uno se pone a analizar después, cuando ya está en la casa con el video devolviéndose en la pantalla. En ese momento solo quería que me escuchara.

Pero Klaric respondió y reconoció inmediatamente ese sonido, esa manera de hablar que él identificó como costeña. Y ahí quedó la cosa.

Hasta que días después volví a ver el video.

Me escuché diciendo “¡Ey, párame bola!”, escuché la respuesta de Klaric y pensé: eche, sí, Jürgen. Tú reconociste el hablao costeño. Pero ahí hay una precisión que se nos está escapando.

Porque lo que salió de mi boca en ese momento no era solamente costeño.

Era quillero.

Y ahí fue cuando entendí que la discusión no era simplemente sobre de dónde viene nuestra manera de hablar, sino sobre qué hizo Barranquilla con todo lo que recibió.

Porque claro que nacimos de la misma barriga. La Guajira, Magdalena, Cesar, Bolívar, las sabanas, el Sinú y Barranquilla tienen una historia compartida, unas rutas, unos sonidos y unos parentescos que nadie puede negar. Somos como esos hermanos —o esos gemelos— que nacieron del mismo vientre, pero a los que la vida puso a crecer en esquinas distintas del mismo patio. Se parecen, claro. Pero cada uno terminó agarrando sus propias mañas.

Barranquilla, sin embargo, tuvo una condición particular: fue punto de encuentro. Aquí se cruzaron indígenas, africanos y españoles; después llegaron italianos, alemanes, árabes, judíos y gente de muchas otras procedencias. No hace falta hacer un inventario de apellidos para entenderlo: basta con caminar la ciudad, sentarse a comer y escuchar cómo habla la gente.

Nuestra cocina lo cuenta sin necesidad de discurso. Aquí nadie le pide pasaporte a un plato antes de comérselo. Una receta puede venir de lejos, pero termina entrando en la vida cotidiana como si hubiera nacido a dos cuadras. Con las palabras ocurrió algo parecido.

Por eso nuestro habla tiene parentescos con La Guajira, Magdalena, Cesar, Bolívar, las sabanas y el Sinú. Hay palabras, sonidos y giros que comparten familia. Pero cuando uno escucha a un barranquillero hablando, hay un ritmo particular que no aparece en el mapa.

Una cosa es saber de dónde vino una palabra y otra muy distinta saber qué hizo Barranquilla con ella.

Y hasta el inglés terminó metido en esta historia. Pero no cualquier inglés: el que nos llegó por Miami, por los viajes, la familia, la música y los negocios. Ese spanglish que ya venía medio atravesado entre dos idiomas tampoco conservó intacta su forma cuando aterrizó por estos lados. Aquí agarró nuestro ritmo, nuestra pronunciación y esa manera tan nuestra de acomodar las palabras.

Aquí hasta el spanglish habla quillero.

Después uno se pregunta por qué el barranquillero de hoy no habla igual al de los setenta, ni al de los noventa, ni siquiera al de hace diez años. Cambiaron los barrios, las generaciones, las influencias y las formas de comunicarnos. TikTok, Instagram, WhatsApp y la música metieron nuevas palabras en la conversación antes de que alguien alcanzara a ponerles nombre.

Ahí están el coleto, el pupi, el pupileto y todas esas maneras nuevas de reconocernos cuando hablamos.

No es que hablemos peor.

Hablamos distinto.

Y fue ahí donde me volvió a aparecer Aria Vega con su “COMPA COLETO”. La canción recoge una manera contemporánea de mirar esa parla, ese acento, ese modo de hablar que hoy muchos identifican como coleto.

Pero yo le haría una pequeña precisión a la canción:

No, papi.

No es solamente hablao coleto.

Es hablao quillero.

Porque “coleto” puede describir una forma, un registro, una actitud, una manera de pararse en la conversación. Pero Barranquilla es una vaina mucho más grande que una sola etiqueta.

Aquí habla el pelao del barrio, el man de oficina, el pupi, el coleto, el que se las tira de fino, el que mete tres palabras en inglés en una frase, el que dice “eche” antes de empezar y el que remata cualquier historia con un “nojoda, manda cáscara”.

Por eso tampoco se trata de ponerse a pelear con el resto de la costa, como si estuviéramos reclamando la propiedad intelectual del “eche” o del “nojoda”. ¡Qué va! Nadie está diciendo eso.

La costa es la familia.

Pero cada casa tiene su forma de cocinar, de poner la música, de contar los cuentos y de mandar a callar al pelao.

Y Barranquilla, en eso, siempre ha sido una casa bastante particular.

Aquí las palabras llegan con maleta y terminan sin pasaporte.

Tal vez por eso, cuando Jürgen Klaric escuchó aquel “¡Ey, párame bola!”, no necesitó que yo le explicara de dónde venía. Lo reconoció de una.

Porque hay sonidos que uno puede estudiar, comparar y clasificar.

Y hay otros que simplemente se escuchan y uno dice:

—Eche… esa vaina es de Barranquilla.

La parla costeña es el territorio. La parla quillera es lo que Barranquilla hizo con ese territorio.

ahhh se me olvidaba aqui el momento que hizo posible esta columna ↙️

 

Lee más noticias haciendo clic►. REDPRENSA

 

Las opiniones expresadas de los columnistas en los artículos son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de REDPRENSA, del Editor o su consejo directivo.