Con frecuencia he escuchado la afirmación de que algo es tan sencillo que hasta un niño lo puede entender. Pero quienes dicen eso, tal vez no recuerdan lo que significa ser niño. Son ya tan adultos que olvidaron la enorme riqueza que encierra la poderosa, aparente e ingenua sencillez con la que un niño mira el mundo.
Los adultos han ido perdiendo la capacidad de asombro, esa vocación natural por preguntar y mirar más allá. Como bien se señala en El Principito, tienen el universo tan ordenado y etiquetado que cada cosa parece explicarse por sí sola. Si algo es una rosa o un zorro, con eso basta. No hay más preguntas.
El niño, en cambio, no se conforma. Pregunta por qué, imagina relaciones inesperadas, conecta ideas que no siguen un orden lógico, pero sí profundo. No se queda con la forma; busca lo que hay detrás. Mira lo visible y sospecha que no es todo.
Pero no todos los adultos olvidan por completo esa forma de mirar. Hay quienes se han esforzado por mantener vivo a ese niño interior. Mantenerlo vivo no es una nostalgia ni una negación de la adultez; es parte de su manera de caminar la vida con alegría, curiosidad y apertura.
En casi todo lo que observamos, vemos el resultado, no el proceso. Nos quedamos con lo visible, con la escena final, y rara vez pensamos en lo que ocurrió antes.
Es como cuando asistimos a una obra de teatro: vemos a los actores, el libreto, la ambientación. Pero detrás de todo eso hubo ensayos, errores, decisiones y repeticiones. Un detrás de escena que no se ve, pero que sostiene todo lo que ocurre frente al público.
En la vida sucede algo similar. Observamos a las personas por lo que hacen, por lo que dicen o por la imagen que proyectan. Vemos la obra terminada, pero no el camino que las trajo hasta allí. No conocemos sus procesos, sus dudas, sus luchas silenciosas. Solo vemos la escena que muestran.
Y muchas veces, también nosotros actuamos. Aprendemos a responder expectativas, a sostener un papel, a cumplir con lo que se espera. Pero fuera de escena, lejos de las miradas ajenas, aparecen preguntas que no siempre nos animamos a formular en voz alta.
Con el tiempo, esa forma de mirar se va apagando. No porque desaparezca, sino porque la rutina, el cansancio y la repetición nos acostumbran a vivir en la superficie. Dejamos de detenernos. Dejamos de preguntar.
Así, crecer no siempre significa comprender más. A veces crecer también significa olvidar.
Sin embargo, hay quien no se resigna del todo a ese olvido. Personas que, aun en medio de la vida cotidiana, sienten el impulso de detenerse, mirar con más atención y preguntarse. No buscan respuestas cerradas. Buscan comprender. Buscan sentido. Buscan recorrer su propio camino con mayor conciencia, aunque no tengan todo claro.
De esa forma de mirar nació un libro. Y de ese mismo recorrido surgen estas columnas: como una invitación a no quedarnos solo con la escena visible, a recordar que siempre hay algo más detrás de lo que vemos.
Tal vez crecer sea, en el fondo, atreverse a buscar, correr el telón y escoger un camino.
Nota de la autora. Giovana Iglesias escribe desde la observación y la pregunta, explorando los procesos invisibles que acompañan el crecimiento y la búsqueda personal. Estas columnas forman parte de un libro que el lector irá descubriendo a medida que el recorrido se despliega. Instagram: @gio.iglesias
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