En la Costa hay frases que no salen en los libros, pero gobiernan la vida. Una de ellas dice que “hay gente que quiere bañarse en todos los aguaceros”. No es meteorología: es carácter. Es la manera costeña de señalar al que no soporta quedarse quieto, al que vive con la sensación de que, si no aparece en cada oportunidad, entonces no existe. En cualquier barrio y en cualquier esquina hay uno así. A veces se llama como tu primo, a veces como tu vecino, a veces como tú mismo.
Los has visto crecer en tu cuadra, donde la brisa trae cuentos y el calor fabrica excusas: Se metía en la junta comunal, en el equipo de softbol, en el negocio del primo, en la campaña del amigo, en la parranda del sábado y en la reunión del lunes. Todo lo podía. Todo lo quería. Se comprometía con todos y cumplía con pocos.
“Y no era mala gente; en realidad, era buena gente en exceso, de esas personas que quieren ayudar a todo el mundo”.
Hay personas así que no buscan figurar. Buscan servir. No quieren poder, quieren ser útiles. No persiguen reconocimiento, persiguen sentirse necesarios. Y en ese intento terminan cargando más de lo que pueden sostener. Se les va la vida tratando de no decepcionar a nadie, hasta que la realidad les recuerda que no se puede cumplirle a todos al mismo tiempo. Pero sería injusto decir que todos los que quieren bañarse en todos los aguaceros son iguales.
También están los otros, los que no se multiplican por generosidad, sino por vanidad. Los que se meten en todo no para ayudar, sino para mostrarse. Los que ocupan todos los espacios no por compromiso, sino por control. Los que no soportan que algo ocurra sin que su nombre esté en la lista, su voz en la reunión o su foto en el registro. A esos no los mueve la buena voluntad; los mueve la necesidad de poder, de saber, de figurar. No buscan servir, buscan ser vistos. No buscan construir, buscan dominar escenarios. Y su forma de bañarse en todos los aguaceros no termina en cansancio… termina en desgaste ajeno.
Entre unos y otros hay una diferencia ética profunda. Los primeros se exceden por amor. Los segundos se exceden por ego. Pero curiosamente, ambos llegan al mismo punto: el deterioro de la confianza. Con el tiempo entendí que esto no es solo un problema de agenda, es un problema de proyecto de vida. Porque cuando alguien quiere estar en todo, casi siempre es porque no ha decidido bien dónde quiere estar realmente. Confunde movimiento con avance, actividad con propósito, visibilidad con construcción.
La sociedad del consumo ha hecho su parte en ese enredo. Hoy no solo se venden cosas, se venden versiones de éxito. Se nos repite que hay que aprovechar todas las oportunidades, abrir todas las puertas, decirle sí a todo. Pero nadie enseña que también hay que saber cerrar algunas, que elegir es renunciar, que enfocarse no es perder, es construir. Así aparecen los profesionales cansados, pero no realizados; ocupados, pero no enfocados; con la agenda llena y el rumbo vacío. Mucha presencia en todas partes, poca profundidad en algún lugar.
Y entonces empieza a romperse algo esencial en la vida laboral: la confianza. Porque en el trabajo no basta con tener buenas intenciones. Lo que vale es cumplir. Lo que construye reputación no es cuántos proyectos aceptas, sino cuántos terminas bien. La palabra, que antes sellaba acuerdos, hoy se desgasta entre excusas elegantes y plazos que se mueven como arena.
El que quiere bañarse en todos los aguaceros termina empapado de cansancio profesional. No porque trabaje demasiado, sino porque trabaja sin dirección. Y llega un día en que deja de ser visto como alguien valioso y empieza a ser visto como alguien impredecible. No por falta de talento, sino por falta de foco.
Por eso, al comenzar este año, quiero dejarte una reflexión personal: tal vez no se trata de aceptar más proyectos, sino de elegir mejor los pocos que de verdad construyen tu camino; tal vez no se trata de ganar en todos los frentes, sino de no perder tu credibilidad en el intento; tal vez no se trata de impresionar a todos, sino de ser confiable para algunos.
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Cambiar eso también es una forma de crecimiento. Aprender a decir no sin sentir que se está perdiendo una oportunidad. Entender que enfocarse no es cerrarse puertas, es abrir una sola… pero caminarla hasta el final. Porque al final, en la vida laboral y en el proyecto personal, no te recuerdan por cuántos aguaceros enfrentaste. Te recuerdan por los pocos en los que decidiste quedarte bajo la lluvia, trabajar de verdad y cumplir hasta el último día.
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