Colombia — La muerte del cantante Yeison Jiménez en un accidente aéreo en Boyacá reactivó una memoria colectiva que, durante casi nueve décadas, ha estado marcada por tragedias similares con figuras públicas en el país, desde artistas y deportistas hasta dirigentes políticos cuyos desplazamientos terminaron en siniestros que impactaron la agenda nacional.
La confirmación del fallecimiento del artista en Paipa puso nuevamente en primer plano un tema que, aunque no es frecuente, tiene un alto poder de conmoción pública: los accidentes aéreos que involucran a personalidades reconocidas. El caso reciente se suma a una secuencia de episodios que han quedado registrados en la historia contemporánea de Colombia y que, cada vez que ocurre uno nuevo, reavivan preguntas sobre seguridad aérea, control de aeronaves pequeñas y condiciones de operación.
Accidentes aéreos que marcaron la vida pública en Colombia
Antes incluso de los casos más recordados del siglo XX, la historia registra un antecedente clave: Ernesto Cortissoz, empresario barranquillero y pionero de la aviación comercial en Colombia, murió en 1924 tras el accidente del avión en el que viajaba. Su fallecimiento, en los primeros años de la aviación civil, marcó uno de los primeros episodios de tragedias aéreas con figuras públicas en el país.
La lista de figuras públicas fallecidas en siniestros aéreos es corta en número, pero amplia en impacto. En varios de estos casos, el origen regional de las víctimas también ayuda a dimensionar el alcance nacional de cada tragedia. El primer gran referente se remonta a 1935, cuando Carlos Gardel murió en Medellín tras la colisión de dos aeronaves en la pista del aeropuerto Olaya Herrera. Aquel accidente no solo estremeció al país, sino que lo situó en el centro de una tragedia cultural de alcance continental.
Décadas después, la música colombiana volvió a quedar asociada a una pérdida aérea con la muerte de Juancho Rois en 1994. El acordeonero, oriundo de San Juan del Cesar, La Guajira, El acordeonero vallenato falleció en Venezuela cuando la avioneta que lo transportaba a una presentación se accidentó. Aunque el hecho ocurrió fuera del territorio nacional, su impacto se sintió con fuerza en la Costa Caribe y en la industria musical del país.
En el deporte, el antecedente más lejano es el de Romelio Martínez, futbolista barranquillero, que murió en 1947 cuando el avión de Avianca en el que viajaba se estrelló contra el cerro El Tablazo, en Cundinamarca. Aquel episodio quedó como una de las primeras tragedias aéreas asociadas a una figura deportiva de alto perfil.
La herida más reciente y profunda en ese ámbito llegó en 2016, cuando el avión que transportaba al equipo brasileño Chapecoense se quedó sin combustible durante la aproximación final a Medellín y se precipitó en una zona rural de Antioquia. El accidente dejó 71 muertos, entre ellos 19 futbolistas profesionales, integrantes del cuerpo técnico, directivos y periodistas deportivos. Aunque la mayoría de las víctimas no eran colombianas, el país quedó ligado para siempre a uno de los siniestros más recordados en la historia del fútbol internacional.
En la política nacional, los accidentes aéreos también han cobrado la vida de figuras de primera línea provenientes de distintas regiones del país. En 2003 murió el exministro Juan Luis Londoño de la Cuesta cuando la avioneta en la que viajaba se accidentó en una zona montañosa del Tolima. Dos años después, en 2005, el congresista Roberto Camacho Weberberg falleció al caer el helicóptero en el que se desplazaba en Pacho, Cundinamarca.
En 2006, el país volvió a estremecerse con la muerte de Pedro Juan Moreno, dirigente político antioqueño, quien perdió la vida en un accidente de helicóptero en el Urabá. Y más recientemente, en 2023, la exsenadora Nohora Tovar murió cuando la avioneta privada en la que viajaba se precipitó en San Luis de Gaceno, Boyacá, un hecho que reabrió el debate nacional sobre la seguridad en vuelos privados.
Más allá de las diferencias entre cada caso, existe un patrón que se repite en buena parte de estos episodios. La mayoría ocurrió en aeronaves pequeñas, como avionetas y helicópteros, utilizadas para desplazamientos rápidos entre ciudades intermedias o zonas de difícil acceso por tierra. En varios de ellos, las víctimas cumplían agendas exigentes que implicaban vuelos frecuentes en condiciones variables de clima y geografía.
Las investigaciones técnicas han señalado históricamente factores diversos en este tipo de siniestros, desde fallas mecánicas hasta errores humanos y limitaciones operativas. Sin embargo, el denominador común en la conversación pública ha sido la necesidad de fortalecer la supervisión y el control sobre este segmento de la aviación, especialmente en rutas no cubiertas por la aviación comercial regular.
El caso reciente de Yeison Jiménez volvió a poner ese tema sobre la mesa. El artista viajaba en una aeronave privada cuando ocurrió el accidente en Paipa, en el departamento de Boyacá, una zona que concentra una intensa actividad aérea regional. La noticia generó una reacción inmediata en redes sociales y en los principales espacios informativos del país, con mensajes de despedida y llamados a revisar las condiciones de seguridad de los vuelos ejecutivos.
Para las autoridades aeronáuticas, cada tragedia de este tipo implica no solo la investigación puntual del hecho, sino también la revisión de protocolos y estándares en un sector que cumple un papel clave en la conectividad nacional. En un país con una geografía compleja, donde muchas regiones dependen del transporte aéreo para mantener su dinámica económica y social, la seguridad se convierte en un asunto de interés público permanente.
Desde el ámbito cultural hasta el político, los accidentes aéreos que involucran a figuras reconocidas terminan proyectándose como algo más que sucesos aislados. Se transforman en momentos de reflexión colectiva sobre los riesgos asociados a la movilidad en el país y sobre la responsabilidad de garantizar condiciones adecuadas para quienes, por razones profesionales, deben trasladarse constantemente por vía aérea.
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La secuencia histórica que va de Gardel a Yeison Jiménez muestra que, aunque los contextos cambian y la tecnología avanza, la preocupación ciudadana se mantiene. Cada nuevo caso revive la memoria de los anteriores y refuerza la percepción de que detrás de cada tragedia hay lecciones pendientes para el sistema de transporte aéreo.
En ese escenario, la muerte reciente del cantante no solo marca un episodio doloroso para sus seguidores y para la industria musical, sino que se inserta en una narrativa más amplia que cruza generaciones y sectores. Una narrativa que, una vez más, coloca a la seguridad aérea en el centro de la conversación nacional y recuerda que las tragedias que afectan a figuras públicas terminan teniendo un eco mucho más allá de su entorno inmediato.
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